Como es sabido de todos ya, ayer falleció Antonio Vega.
Echando un ojo a la güé me he encontrado exactamente las obviedades previsibles. Muchas. Por supuesto, he constatado la desfachatez usual de la plana mayor gubernamental apuntandose al carro (fúnebre), y he leido algún comentario afectuoso e inteligente que comprendo bien: Álvaro, Nacho o, curioso, Nacho Cano. Cuando la Lolita Flores (el artículo es deliberadamente despreciativo) ha osado comparar al Maestro con su propio hermano he sentido una cierta náusea: lo único que tuvieron en común realmente es la heroina. Nada más. Aunque fueran amigos, nada se le pegó al segundo del primero, sin duda.
No es muy fácil explicar, a estas alturas del partido, y con tanta deformación como ha sufrido el fenómeno, qué fue la Movida para quienes, a la distancia que suponía vivir en provincias, la vivimos siquiera en parte. No me refiero a las cosas más de colorines, a los meneos de culo de Almodóvar & McNamara, ni al entonces Alcalde de Madrid jugando a tener sesenta años menos, ni a nada más -ni a nada menos- que a la Música: todas aquellas bandas, todos aquellos discos, todas aquellas canciones. Música con una mayúscula, con una capitalina marmórea.
Esa es exactamente la Música que conforma la banda sonora de mi vida. Y si tuviese que elegir de entre todos al Mejor Grupo, al mejor por sus textos, por su destreza instrumental, por sus directos, por su competencia compositora, sabría sin ningún género de dudas a cuál elegir. Por supuesto que hay muchísimas canciones de Secretos, de Mamá, de Elegantes, de Pistones, de tantos otros que son muy importantes para mí, pero sé -como sabemos todos los músicos- que de entre todos ellos, en los primeros ochenta sólo había una banda de esa talla.
Y esa banda es Nacha Pop, mi copia de cuyo primer disco (lleno de joyas -y entre ellas, Chica de Ayer-) si se coge por los bordes, configura una espiral que se desmonta hacia el suelo de tantas veces como lo hice girar. Y en Nacha había un genio estratosférico apoyado por un adlater leal y buena gente, pero que no le llegaba al tacón (entre otras cosas por su turbia afición por el funky). El genio, el tímido genio, era, evidentemente, Antonio Vega. Si alguien es capaz de componer (un poner: son mil) 'Una décima de segundo' pasa, de inmediato, de la Historia a la Leyenda.
Antonio era un cantante cuya voz tenía un color increíble: trato de ser heredero desafortunado de su estilo, que no ciertamente de su brillantez; además, era un guitarra sensacional, un virtuoso tremendo con la virtud de dibujar hermosas filigranas sonoras sin necesidad de caer en horteradas rococó de esas tan gratas, por ejemplo, a los jevis. Y qué decir de sus textos; Antonio explicó una vez hace muchos años que sus letras -sus sensacionales letras- procedían de relatos que escribía. Esa manera de quintaesenciar, de destilar textos -por otra parte muy breves- y musicarlos ha sido una inspiración para mí, salvando evidentemente las distancias. Cada vez que alguien me ha dicho: "Me gusta. Tiene un aire a Nacha Pop" después de escuchar algún tema mío que, lo sé, lo tiene, me he sentido orgullosísimo.
Por supuesto, en su momento, y en cuanto pude, fuí al Penta. Soy poco de peregrinaciones pero esa, en algún momento del final de los ochenta, era imprescindible. Y por supuesto, y de modo análogo, el hecho de que Antonio se haya ido por fín hace igualmente imprescindible que le llore en silencio y escriba esto, por cursi que resulte.
No quiero hoy dejarme llevar por la verborragia. Sería irrespetuoso. Tampoco pondré fotos. Todos tenemos memoria de cómo había sido Antonio Vega, y cómo se encontraba en los últimos tiempos. Buscad pues, por favor, un par de canciones o tres del Maestro (en la red, entre vuestros cedés, o, como yo, entre vinilos) y escuchadlas. Y comprobad, así, cómo se fundamenta la trascendencia de un músico. Como se hormigonan los cimientos de la Eternidad.
R.I.P. Antonio Vega Tallés, 1957-2009